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Un café, una conversación, un libro

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Juan Braun EnPraga
Juan Braun EnPraga

Un día cualquiera, como lo fue el sábado pasado. En una nueva realidad donde el mundo se ha dado cuenta que no es tan fuerte como se podía creer. Del estado de euforia de una sociedad que avanza y que nada le podía detener, tras esta burbuja que lleva más de dos meses nos enfrentamos a una nueva etapa.

Etapa que por el silencio enlatado de la falta de gente en las calles, pero sobre todo de alegría, nos hace ver que ya nada será como antes. Embebido en esta nueva realidad y con estado de ánimo no muy alto, sin quererlo ni beberlo, este sábado como comenté conocí a una persona que por el estilo de su indumentaria presagiaba que no me iba a quedar indiferente.

Un amigo me invitó a tomar un café en la galería Platýz, sin mucho ánimo en la mañana comentada, y por la tarde tras finalmente no anular el encuentro, allí me presentó a un ilustre personaje.

Por sus rasgos de piel, evidentemente tenía que ser latino, envuelto en una vestimenta actual de lo que podrían ser una antigua tribu india en los EEUU mezclado con otras etnias. Aunque su verdadera vestimenta era la sonrisa y la alegría que le vestía de los pies a  la cabeza en todo momento.

Su arrugada piel hacía presagiar que iba a ser un libro con piernas abierto a ser devorado por toda la experiencia que se puede intuir que arrastra.

Evita Perón, sin más palabras
Evita Perón, sin más palabras

Argentino de nacionalidad, raro fue verle tomar café y no mate, y de apellido de origen alemán. Quien tras su arrugada piel denotan falta de juventud, pero que su carácter y estado físico parece que sea una persona adulta de media edad, y un carácter de adolescente que se quiere comer el mundo.

Pero me dejo de tanto misterio, estoy hablando del Juan Braun, que todavía no sé cómo definir, pero con el tiempo lo iré descubriendo.

En un primer momento lo podría definir como un escritor, pues me regaló su libro El asesinato de Evita Perón, el cual le dije que cuando lo lea, escribiré mi opinión sobre el mismo. Ahora en cuanto tenga un día para dedicarme a leerlo, lo haré  en ese día. No porque el libro no sea extenso, sino porque a juzgar por la primera impresión, hacer pensar que es uno de esos libros que empiezas a leer y no lo dejas hasta que quemaste todas y cada una de sus hojas.

En su momento comentaré el mismo en esta misma redacción de Viviendo Praga. Si bien por el momento seguiré en este artículo escribiendo de Juan Braun y del placentero café que tomé junto a otras dos personas Libanesas que me presentó mi amigo.

Volviendo a Juan, se nota que es un argentino que ama a su país, pero que está dolido por el mismo. Viajero por el mundo y medio afincado en Praga, al que me da la sensación que no quiere regresar a su país pero contradictoriamente, lo añora.

Varios años en África colaborando con la Unicef, y que ya hace un tiempo que abandonó físicamente pero que sigue llevando en su corazón, pues allí dejó algo que todo padre suele estar orgulloso, su hijo.

Viajes-años-pasados
Los viajes que eran para todo el mundo una aventura

Conociendo prácticamente oriente, pues varios viajes a sus espaldas lleva, por lo menos más de cinco que yo sepa, cada año cinco meses lo dedica a viajar.  Es una persona que ha viajado sin parar y seguramente más que aquellos que acumulan fortuna. Y no solo es que haya viajado y haya conocido mundo, como esos ojos que miran pero no ven. Es una persona que se ha metido dentro de todas y cada una de las culturas, además de meterse en la cabeza de cada una de esas personas que consideró que podría aprender algo nuevo de ellos.

En esta larga conversación en un café que se quedó corto, en el grupo se palpaba una complicidad tanto en los comentarios como en la mirada. Solo interrumpida la conversación tras el paso algo cautivador, pero no la complicidad de los gestos. Gestos que como una coreografía todas y cada una de las miradas iban a la par.

En uno de esos momentos que en toda conversación llega, llámalo clímax si quieres, Juan giro su cuerpo para alcanzar una pequeña mochila y desenfundar su arma más potente, su libro que antes comenté. De cual se esbozaba un cierto orgullo, digamos casi argentino de apellido italiano, pero no era ni ese carácter filosófico ni tampoco el apellido como dije es italiano.

Libro el cual le costó escribir diez años, pues necesitaba constatar una serie de datos de primera mano, y que yo le desafié que me lo leería en un día. Motivo por el cual le espeté que injusta es la vida el esfuerzo de diez años devorados en un día.

Pero como todo lo que empieza tiene un final, tanto el café como el tiempo efímero, se desvaneció. Se hizo el momento de las despedidas, pero no de las tristes, sino la de las de: esto tarde o temprano se va a repetir.

Ya cada uno de los que estábamos allí reunidos retomo su camino cada uno por su lado. Todos y cada uno seguimos con nuestras vidas con un granito más de arena  en nuestras sacas, y yo además de su libro.

Si en algún momento alguien te dice de tomar un café, y por lo que sea no estás con ganas, no lo anules. Nunca sabes que va a suceder y a quien puedes conocer. Por otro lado, si alguna vez te tropiezas con Juan, no dudes en intentar conocerlo, plática con él.

Amigos, nos vemos en el siguiente artículo si me visitas por aquí.

Para mi, siempre un placer.